Como miembro de la generación que vio cambios tecnológicos significativos en su vida, aprendí a vivir y aceptar los cambios. Ahora, en medio de estas transformaciones, hay un tipo de objeto que me sorprende por su permanencia desafiante. Inalterado en una ola de renovación constante: mis relojes automáticos.
En contrario a los relojes actuales que necesitan una pila, los relojes automáticos son completamente mecánicos. Aparte de darle cuerda a un reloj de vez en cuando, dado de que son automáticos, se ajustan solos con el movimiento de la muñeca de su usuario. Gracias a este ingenioso mecanismo, los relojes automáticos nos acompañan sin descanso desde el amanecer hasta el atardecer y mucho más allá.
Para mí, son un testimonio del poder y la genialidad de la mente humana. Representan años de trabajo, investigación e innovación con una mano firme y una lupa como sus herramientas principales. Sus esfuerzos reflejados en la creación de un instrumento delicado, una obra de arte que nos permite ver el tiempo tal como es. Un flujo constante de segundos, representado por el deslizamiento fluido de la aguja segundera sobre la carátula. A diferencia de sus homólogos digitales, su autonomía hará que sigan funcionando y girando mientras estén en la muñeca de su dueño. Si todavía permanezco ahí, les agradeceré su servicio. Incluso me daré cuenta de que es hora de irme a dormir.
Soy Francisco Solares-Larrave, y esta es mi Perspectiva pertinente.
Traducción mediante MateCat (TA/TM) y revisado por Cynthia Grijalba-Duran.