En 1962, el escritor argentino Julio Cortázar publicó Historias de cronopios y famas. En esta serie de microrrelatos donde abunda el humor y la creatividad, Cortázar divide la humanidad en dos grupos: cronopios y famas. Los cronopios son seres desorganizados pero creativos. No hacen planes pero tampoco se enojan cuando las cosas salen mal. Básicamente son artistas que improvisan y se maravillan del mundo. En contraste, los famas son personas disciplinas y ordenadas. Saben de antemano lo que quieren hacer y cómo quieren hacerlo.
Naturalmente, en mis días de estudiante, admiraba a los cronopios por su espontáneadad y su apertura a la vida. En cambio, los famas parecían gente aburrida. Eran metódicos y meticulosos, pero carecían de imaginación.
Décadas después, llego a la triste realidad de que vivo en un mundo de famas. De vez en cuando me levanto y quiero probar cosas nuevas: ir a un espectáculo, comer en un restaurante diferente, o ir de excursión por un día para ver lo que encuentro. ¿Y qué pasa? No hay entradas porque ya se vendieron todas. No hay lugar en el restaurante porque no reservé una mesa. Sólo se admite personas que tienen billetes comprados de antemano. Sin lugar a dudas, debía haber planificado mi día espontáneo con una semana de anticipación.
Cortázar ya no es testigo de este mundo que cada vez pone barreras a actos espontáneos de creatividad y exploración. No obstante, en su honor, cada cierto tiempo, actúo como cronopio y salgo para ver lo que encuentro.
Soy Frances Jaeger, y esa es mi Perspectiva.