Durante una conferencia, tuve que cruzar con cierta regularidad el puente de Potsdam que se ubica en pleno centro de Berlín. Allí, una placa conmemorativa menciona el acto heroico del sargento soviético, Nikolaj, Iwanovich Massalow. En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, la unidad militar de Massalow, que formaba parte del Ejército rojo, esperaba los órdenes para cruzar el canal e invadir el distrito central de Berlín. En una tregua, se oyó el llanto de un niño procediendo desde la tierra de nadie entre las tropas rusas y alemanas. Massalow arriesgó su propia vida para salvar a una niña de tres años que estaba tirando del abrigo de su madre muerta. Sus compañeros le cubrieron mientras lograba regresar y llevar a la niña a un lugar seguro.
Ahora, ochenta años después de los hechos, sabemos que los bombardeos, matanzas y violaciones masivas eran acontecimientos comunes cuando los soviéticos entraron a Berlín antes de los otros aliados. No obstante, Massalow, a pesar de estar rodeado de violencia y crueldad, encontró dentro de sí mismo este trozo de humanidad que le permitió salvar a una niña que era hija del enemigo contra el que luchaba.
Cada vez que crucé este puente durante mi estancia en Berlín pensaba en Massalow. ¿Por qué es que un joven de veinticuatro años posee un código moral más íntegro que muchos de nuestros líderes actuales? ¿Por qué hay tantos que ocupan posiciones de poder que son incapaces de actuar con semejante nivel de dignidad y humanidad? Massalow sabía lo que era la acción correcta y estaba dispuesto a arriesgar su vida para salvar a otro ser humano. ¿Y nosotros? ¿Tenemos esta misma valentía para decidir de la misma manera?
Soy Frances Jaeger, y esa es mi Perspectiva.