Periódicamente se nos dice que, si solo regresáramos a nuestras raíces manufactureras posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la prosperidad y la felicidad seguirían. Las fantasías de poseer una casa de tres habitaciones y un automóvil con solo el salario de un trabajador de fábrica se promocionan como un hecho.
Lo divertido del caso es que, los políticos y millonarios que afirman estas verdades nunca han vivido en salarios de los trabajadores de las fábricas. ¿Puedo introducir algo de realidad a este escenario? Cuando mi padre emigró a Pittsburgh en los años cincuenta, era conductor de montacargas en una fábrica de acero. Inicialmente, sus ganancias eran buenas porque estaba trabajando horas extras. Una vez que terminó la Guerra de Corea, nunca volvió a trabajar a tiempo completo, y treinta horas a la semana, más los salarios de mi tía, no eran suficientes para mantener a la familia libre de deudas. Además, muchos de esos trabajadores siderúrgicos en Duquesne y McKeesport alquilaban sus casas, compraban cosas a plazos e intentaban capear los altibajos de la industria siderúrgica lo mejor que podían. Mi padre vio lo que se veía venir, se mudó a Chicago y finalmente aprendió un oficio que resultó ser más estable que la industria manufacturera.
Sin embargo, su siguiente incursión en su oficio no fue el final feliz de un cuento de hadas. Cuando intentó conseguir un trabajo en una fábrica en Chicago, tuvo que sobornar a encargados o supervisores sindicales. En una fábrica, a todos los trabajadores les faltaban dedos o brazos por lesiones en el trabajo.
En lugar de la mítica casa de tres habitaciones, el trabajo en la fábrica condujo a dificultades y actividades ilegales. Entonces, si hablamos de la industria manufacturera, dejemos de mirar todo el pasado en color de rosa.
Soy Frances Jaeger y esta es mi Perspectiva
Traducido por Yaritza Salgado.